miércoles, 10 de noviembre de 2010

Dos buenas para pasar un día de miércole'

 - Que ande mal el orden aleatorio de tu mp3 y entonces tengas que escuchar como seis veces una canción que te hace cantar con sonrisa y estirando el cuello... así (como hago ahora pero nadie puede ver aunque muchxs me hayan visto emocionada por una canción)

O sea, esta canción: 



- Una Fernanda de las Sangrías de García . Pero a ella no la muestro porque es muy linda y sólo mia.

martes, 9 de noviembre de 2010

Una desde la comisaria

El lunes me levanté temprano. No tanto como debería haber sido, pero temprano al fin. Con tanto viento no había dormido bien. Me levanté, escuché un radio teatro en Radio10 (cuyo audio hay que conseguir porque es tragicómico nefasto) y después de unos mates con frutigran salí de responsabilidades. Me mojé en la facu. Me mojé yendo a casa. Me mojé yendo a la otra clase. Y a la vuelta también. Eran como las 15.30 y seguía lloviendo, pero yo ya estaba en casa. Después de saciar otras responsabilidades, me dispuse a pasar la vida buena: panqueques, mates, lluvia y una película que no me haga pensar. Así fue como, entre flashes de Jurassick Park 2, me dormí mi siesta. 

- Lau me voy. ¿Voy a tener frío así?
- Eh? No, estás bien. Si en la cancha entre tanta gente te morís de calor.
- Bueno, chau!
- Bueno. Ey Juli, cuidate...
- Pero sí... Además yo no me cuelgo del colectivo ni nada, salto un poco nomás.
- No pero posta, no por vos, pero viste... 

Mi hermano Julián va a ver a Central siempre que juegue de local. Ahora tiene 16, en ese momento estaba pasando su último día de 15 años. Unas (cuantas) horas después nos íbamos a reir de esa charla. Y de la del día anterior también, cuando en el almuerzo familiero nos pusimos a hablar de cárceles, detenidos, hurtos y pintadas. Julián le había preguntado a mis viejos sobre qué harían en caso de que vaya preso. 

Sigo con la siesta. Se fue Julián, llegaron los viejos. Mate va, mate viene. Después, ya en mi habitación, organizaba mi cena noche show con amigos flieros y porteños. Hasta ahí todo bien. Bajaba a avisarle a mi madre que no cenaba en casa cuando la escucho hablar con mi abuela: "no, Juli está en la cancha, quedate tranqui, sí re bien..." Después, escucho que corta. Va a la tele: "mirá Santiago, ya pasan imágenes de la cancha. A ver si lo veo a mi hijito lindo que seguro se fue redesabrigado ese.." Mi padre hablaba por teléfono. Corta. Y dice: "Julián está yendo a la novena". 

Todo eso en un instante. Yo no había llegado a terminar de bajar las escaleras. Eran como las 19.30, no tengo idea. Mi madre enloqueció: que no le hagan nada a mi hijo, que más vale me expliquen por qué se lo llevaron, que es menor, que no puede estar mucho, que ya me van a escuchar, que lo llamo a Sergio, que llamo a un abogado, que pim, que pum, que pam. Mi papá la calmaba y le decía que no se preocupe. A mí me temblaban un poco las patas. Porque soy maricona, pero no estúpida.

Medio para cuidar a mi vieja, medio para ayudarla a poner una bomba en la comisaria, salimos las dos para la novena. Mi papá me encomendó cuidar a la vieja. Él se iba a trabajar, pero que cualquier cosa lo llamemos. Durante el trayecto, Jeremías fue nuestro guía del barrio Arroyito y ahora lo queremos más que antes. 

Con Julián pudimos hablar una vez más, "no firmes nada Juli, ni digas nada, ni des declaración, ni nada", es lo único que pude decirle. Después el comando le iba a sacar los celulares, después también, Julián contaría que el no dijo ni su nombre a la policía: "porque mi hermana y mi mamá me dijeron que no diga nada". Un genio. Pero por suerte no se le rieron (como sí sucedió con el niño de 16 años que se largó a llorar). 

Cuando llegamos ya había dos padres. Marcela estaba a los gritos. Yo la calmaba, un padre también. "Quedate tranquila, ya estás acá", le decía. Mi mamá le contestó que mientras su hijo esté ahí dentro no iba a calmarse. Después llamó a sus compañeros del diario, los de policiales que saben bien qué hacer y qué pasa, y ellos la calmaron. Eran ... no sé, no sé si casi las nueve o si casi las ocho. De a poco llegaban padres. De a poco nos enteramos que los bajaron de un colectivo en el que hacían quilombo. 

Eran doce o catorce detenidos menores, un par mayores. Los menores salieron a eso de las once de la noche, de los mayores no supimos. 

La comisaria novena es un tanto tétrica. Al menos lo que pude ver. En las paredes, dos cuadros, un "arte" escalofriante. Había también un papel sobre la desinfección, que recomendaba dos cosas: algo de ventiluz, de mosquiteros y de tapar agujeros porque podían entrar ratas. 


Los miedos eran alentados por los policías. Y las policías. A veces me dan más miedo ellas. Iban y venían, nadie sabía qué hacían con los pibes adentro. Se reían, se escuchaban gritos, hablaban por celular, chusmeaban y después iban a lo serio, o sea, nuestros pibes, para ver lo de los trámites para entregarlos, como si fueran paquetitos. 

En un momento dejaron el aparatito para comunicarse con los comandos prendidos y se escuchaba a un policía cantar. Era patético. Manejaba y cantaba. Yo pegué onda con una gordita que esperaba a su sobrino y llorabamos de la risa. "Después los llamamos y no atienden", dijo. Y se le reía. La gordita había llegado con toda la familia, buscaban a un chico de 16 años que iba en el colectivo. "Pobrecito", me dijo. "Es más cagón, seguro está llorando". Se notaba que tenían experiencia. Y estaba bueno que ellos estén ahí y aconsejen a personas como mi vieja. La madre, o abuela, nos decía que más de cuatro horas no podían estar, que igual los van a retener, que seguro los sacaban como a las once, una hora antes, justito. Y que sino, había que llamar a nosédónde y el lío que se iba a armar. Fue esa señora la que preguntó en voz alta si ya no avisaban en las casas que los menores estaban presos. "Como llamaron ellos mismos no avisamos", dijo la policía. Al rato tomaron asistencia de padres. Y entonces, a las diez y cinco, llamaron a las casas de los que faltaban. Para cuando yo me fuí una sola madre había sido encontrada y había llegado, ¿y el resto?

Los padres, las familias, también formában parte del escenario de esa noche. Había una pareja bien clase media: la madre puteaba, el padre hacía chistes. La madre puteaba pero no sabía bien a quién o cómo: ella estaba en la misma posición, en el mismo lugar de ignorancia y sumisión que esos negrosdemierda. Ahora, entonces, los negrosdemierda eran los policías. Negros e ignorantes. "Sí", le dije yo cuando agregó lo de que los sacan de la calle y ni saben leer. "Es lo que necesitan".  Fue la primera vez que hablé. 

El padre hacía chistes. Era gracioso el viejo, hasta que en un momento escuchamos un ruido seco y dijo "ahí fusilaron a uno". Creo que sólo yo lo escuché. Como soy chistenegrofanática me reí. Pero un segundo. Después entendí algunas cosas y casi lloro. 

Había unos padres que hicieron un grupito porque sus hijos eran amigos entre sí. "¡Ah vos sos el padre de Pepito", "¡a vos sos la madre de Menganito!" 


También había un padre top, que creo que esperaba a un mayor, que se compró unas papas fritas lays para la esperaba y tenía un celular que sonaba a cada rato con un patético "quiero mover el bote, quiero mover el bote". Mi mamá quería matarlo. Ella seguía riéndose y de vez en cuando decía algo. Siempre estuvo en el mostrador. Y me decía que esté atenta, que eso -estar incomunicados, no saber qué carajo pasa ni cuánto ibamos a esperar, que escriban los datos, los antecendentes, todo, a mano- también es abuso de autoridad y maltrato.

Había un padre que se reía. Se daba cuenta de la situación mitad graciosa mitad dramática, y él le decía a mi vieja que esté tranqui, que lamentablemente los otros tenían el poder. Ella le decía que no le iba lo de la sumisión. El padre de quiero mover el bote proponía que, en caso de que gane Central, llevaramos a los pibes semanalmente presos. Nos reíamos. De vez en cuando alguien iba a preguntar cómo iba el partido. Ganó Central, y fue recién ahí cuando los trámites agilizaron. ¡Ah! ¿Coincidencia? 

Una madre nos había advertido eso. Ella llegó temprano y le dijeron que se vaya a ver el partido tranqui. Lo hizo. También se notaba que tenía experiencia. En el entretiempo pasó por la comisaria y preguntó si la metían presa por pegarle a los hijos ahí dentro: "me están haciendo perder el partido". La policía le dijo que ahí no, que aguante unas cuadras. Sus hijos salieron primero y, salvo el de diez años, se notaba que también sabían cómo era eso de caer. 

Salían de a poco. Julián salió riéndose. "Me río para no llorar". Los policías y chicos demorados que salían lo saludaban: "¡feliz cumple Julián!". El saludaba. Mi mamá y yo no saludamos a los canas. 


"Son más cargosos los presos", decía Julián sobre su aventura. Y contó: que el colectivo era un quilombo, que estaban hasta en el techo y que habían sacado un vidrio y todo. Pero que a los que hicieron eso no se los llevaron, sino que los bajaron a ellos, a los que tenían la camiseta, y adentro. Y que adentro estuvo todo bien, que hasta querían hacer una pelota de fútbol con medias para pasar el rato. Algunos sabían de estar ahí, es más, uno temblaba por sus 28 causas y su libertad condicional. Otros tenían miedo. Otros, como Julián y otro chico con que hablamos, se lo tomaron con soda. 

El hijo de los de típica clase media salió y enseguida preguntó cómo había salido Central. Es lindo eso del club. El padre había dicho que con eso iba a poder ajustarle un tornillo, la madre que lo haría si el pibe quedaba vivo después que lo agarre ella. En el pico de la incertidumbre ella había dicho, con un poco de sarcasmo: "está fallando el sistema parece". La abuela, la de la familia de la gordita, la que nos tranquilizó a todos, la miró y le contestó: "no señora, el sistema anda muy bien". 

jueves, 4 de noviembre de 2010

En una mesa del patio del club El Federal, de Zeballos 4641, se discutía sobre en qué era mejor invertir para el club: ¿un metegol o una mesa de ping-pong? Participaban de la charla chicos y chicas de diferentes edades, aunque ninguno pasaba los 30. Pero lo más llamativo, lo diferente de esa charla sobre “políticas” del club, era que cualquiera podía opinar al respecto: los del club El Federal, claro, pero también los de “El Luchador” (el club que queda a tres cuadras, por calle Lima entre 9 de Julio y 3 de Febrero), además de Varón, del bodegón Pocho Lepratti, y hasta la periodista que se acercó a ver qué pasa ahí, que son tan chicos, que son tantos, y que, realmente, están haciendo algo diferente.

En la zona oeste de la ciudad los chicos recuperaron esos espacios públicos que estaban hechos para ellos y que alguna vez fueron destruidos, vaciados y olvidados: los clubes del barrio. Uno, El Luchador, nunca había sido abandonado en realidad, pero hacía años que no crecía. Al contrario, era cada vez más escasa la participación de la gente allí. El otro, El Federal, fue abandonado por las comisiones directivas de turno, quedando en manos de las drogas y la delincuencia. Ambos espacios fueron tomados progresivamente por los pibes del barrio, transformándose en verdaderos lugares de recreación deportiva y cultural, un lugar de encuentro sano que invita a replantearse y forjar el futuro de todos entre todos.

“Lo que pasa acá, por un lado, es que no somos los clubes enemigos del barrio, sino que somos amigos”, dice Matías, de “El Federal”, a pocos días de que se haga la primera reunión de comisiones directivas de ambos espacios. “Nos hacían creer que los dos estábamos peleados: El Federal por un lado y El Luchador por el otro. Pero fuimos abriendo los ojos, y vimos que, en realidad, el pibe que tenemos al lado no es un enemigo, es un amigo, y que es mejor hacer cosas juntos y hacernos cargo de eso que hacemos. Primero vamos a encontrar al amigo y después visualizaremos al enemigo, que no es ni El Luchador ni El Federal”.

Otra cosa que pasa ahí es que quienes “tomaron el control” de los dos espacios son los jóvenes y adolescentes del barrio. Muchos de estos pibes (y pibas) no llegan a los 18 años aún, pero igualmente participan tanto de las reuniones de comisión directiva como del trabajo cotidiano en el club. “La fuerza sale de los jóvenes: la prioridad de todos nosotros hoy es el club”, destaca Matías. Y su compañero Nicolás agrega: “todos los pibes queremos forjar nuestro futuro y lo mejor de los más chicos es que no se van corriendo, su futuro es mas simple y te vuelven a encaminar a la horizontalidad. De esa manera aprendimos, por ejemplo, que si todos eligen el metegol… bueno, será así”.

A medida que la reunión avanzaba, cada uno de los presentes alrededor de la mesa descubrió que tenía algo para acotar. Dejando de lado la discusión sobre el metegol y el ping pong, todos lograban ponerse de acuerdo en qué es lo que valoran y quieren rescatar de esta historia que están comenzando a escribir. “Todos los que estamos acá nos fuimos encontrando, empezamos a conocer personas que nos abrieron los ojos y así nos dimos cuenta de que estos espacios son nuestros y nos tenemos que hacer cargo, cuidarlos”, reflexionaba Fabio, del club El Luchador.

Si existe un punto al que los muchachos vuelven constantemente es justamente a ese: a la valoración que hay que darle al espacio público. Bajo el consentimiento de sus amigos, Matías vuelve a hablar, y explica, entonces, que lo que ellos buscan es volver al “club social sin fines de lucro, a diferencia de los otros clubes que son una propiedad privada y ya desde la cuota mensual te marginan. Acá no queremos eso: nadie se queda afuera, ni por cinco pesos”.

“Aprendimos a hacernos cargo de nuestro espacio, si es que lo queremos reconstruir. Así, estos lugares se transforman en autogestivos, ya que no esperamos subsidios de nadie para hacer los baños o comprar la mesa de ping pong. Si hay que hacerlo y nadie nos ayuda, se hará una rifa o una peña. Si el Estado tira una mano, bienvenido sea”. Desde este camino de la autogestión y horizontalidad, Matías no deja de destacar las –no tan- pequeñas victorias que han alcanzado: “en el buffet de El Federal se vendía droga, hoy hay una biblioteca. Antes se pintaba de blanco la plaza llena de graffitis, ¿eso es una victoria? No, es una careteada”.

Marcados por el pasado del club El Federal, los chicos remarcan que gran parte de la movida es para que nadie quede en la calle, al amparo de la droga. “Ese es nuestro estímulo, para que el chico no se quede mirando Tinelli, sino que venga y piense”, remarca Juan Manuel, que dicta un taller de lectura en El Federal. Haciéndose cargo de las cosas, luchando para que el club tenga vida hacia delante y trabajando en conjunto, los pibes y pibas del barrio se aferran a estos nuevos, o no tanto, valores que confían se pueden aprender y transmitir.

Dos realidades diferentes

A pesar de que los chicos trabajan juntos, son amigos y apoyan cada uno de sus trabajos, las realidades que hacen a cada institución son muy diferentes. El club El Federal, por un lado, tuvo una historia “muy dura, con mucho maltrato. Era un lugar donde se vendía mucha droga y el barrio lo veía bastante mal”, cuenta Matías. El Luchador, en cambio, nunca cerró: tuvo la suerte de que pocos viejos lo mantengan abierto, y que por eso sigan yendo vecinos de diferentes edades.

Este último espacio se fundó en 1932, primero como una biblioteca. “Como este era un barrio de laburantes, en esa época buscaban un lugar para manifestarse”, cuenta Favio. Con el paso de los años, luego de una mala época de, como dicen los chicos, “vaciamiento cultural”, el club ya no era tan concurrido. “Una política ha desvastado estos lugares. Desde allí se atacó a la cultura”. La realidad para los adolescentes, que ahora ya son jóvenes adultos, era que el club se volvió un lugar lejano a la diversión. “Este club nunca cerró, algunos viejos se quedaron ahí. Igual estaba muy vacío y nosotros nos aburríamos. De a poco nos fuimos interesando por el laburo y tuvimos la suerte de que los más grandes nos abrieron las puertas”.

Si bien la comisión directiva de “El Luchador” está formada por diferentes edades, eso no significa que sea una forma de organización “vertical”: “hay cargos porque es como lo manda el estatuto, pero laburamos de manera horizontal. Siempre que se ponga el cuerpo y se participe, todos tienen opinión”.

Todo esto que demandan los chicos, la diversión, el espacio recreativo y la reapertura al barrio es respaldada por una realidad alentadora: desde que ellos entraron a la comisión directiva, el club se incrementó en 300 socios.

Y por otro lado está el club El Federal, fundado en 1943. Un club que con el paso de los años, “fue tomado por distintas manos, no con un fin colectivo como debería ser. Eso lo fue llevando a que cada persona que lo agarre sea con un interés individual, y por lo tanto haga del club un espacio no sano para el barrio y los vecinos… Acá se vendía mucha falopa, se centralizaba todo lo que sea droga. Y lo peor  es que la policía estaba muy involucrada. Así, nadie quiso seguir participando y fue cayendo el compromiso de los vecinos para con su espacio”, cuenta Nicolás.

“Más o menos en mayo, julio, de 2008, empezó a correr el rumor de que el club se quería privatizar. Y eran los de la directiva, que no tienen nada que ver con la gente del club en general. A partir de eso nos empezamos a armar como comisión, para tener amparo legal, y un 26 de diciembre de 2008 nos constituímos”. Esa nueva dirección del club tenía, y sigue teniendo, la característica de que, en su mayoría, está formada por chicos que antes “peleaban el espacio y los callaban”.

“Nos terminamos de organizar definitivamente en mayo de 2009. Se empezó con fútbol, lo más convocante, y de a poco sumamos talleres. Vamos despacio, trabajando y queriendo al club. Identificándonos”.

Si bien en la comisión directiva figuran los chicos mayores de 18, sólo es por cuestiones legales. La realidad de El Federal, y lo que lo diferencia de otros espacios, es que en las asambleas participan personas de cualquier edad, y todos hacen lo mismo. De a poco, dice Matías, “el barrio empieza a creer en el club. Se va torciendo este prejuicio sobre la droga. Acá faltan generaciones de 30, 40 años, y por eso nuestro desafío es más grande. Pero vamos a ganar los espacios públicos que nos robaron”.

Afortunadamente, las diferencias entre el pasado y el presente no se hacen esperar. En un espacio donde no había estatutos, ni rejas, ni caños para el baño, pero sí drogas y abandono, ahora se ven murgas ensayando, partidos de fútbol, talleres de guitarra, folclore, tango y voley. “Los chicos de 11, 12, 13 años llegan antes de que abra el club. Y si saben quién tiene la llave, van a la casa para que les abra. Salen de la escuela y vienen. Y en las vacaciones… siempre están”, cuenta Juan Manuel. Y a modo de conclusión, Matías agrega: “Queremos generar continuidad generacional. Crece el club y los más chicos florecen a la par”.


- nota publicada el 31 de octubrede 2010

Este fue uno de los trabajos más placenteros que tuve que hacer para el diario, 
y de los mejores retribuidos: un agradecimiento y un mate. ¿Qué tul? Viva la gente

martes, 2 de noviembre de 2010



Estoy años luz
de entenderte, mi amor
Creo que por eso te quiero
Cosas que no puedo explicar

Si estás sale el sol
y la noche es igual
Quiero verte en días y ensueños

Qué diversión practicas
que no puedo probarla
Mis manos se marchitan
si ya no acarician tu pelo

Quiero verte en días y ensueños

sábado, 30 de octubre de 2010

El día que Kirchner murió

El día que Kirchner se murió me levanté temprano, aunque no tanto como había programado. La noche anterior Silvina me había dicho que trabaje en casa, que recorra lugares públicos y mande la crónica de color sobre el día del censo, porque las compus para que trabajemos todos después de las 15 no iban a alcanzar. Para mí era magnífico. ¿Mis planes? Levantarme tipo siete, desayunar bien, agarrar la bici y arrancar hasta la florida, con unas frutas, un librin, el grabadorcin, todo para una jornada piquiniquera-periodística. O casi eso quería. Pero obviamente no fue así. 

Ese día, el que Kirchner se murió, me levanté como a las nueve, tomé unos mates, comí unas manzanas, esperé un rato al censista. Después, de a poco, lentamente, empecé a prepararme para el pic - nic. Estaba en el baño cuando escuché a Julián gritar: "¡Viste papá, se murió Kirchner!"; y seguía en el baño cuando escuché a mi papá contestarle un algo parecido a bahquédecis. Yo pensé lo mismo, por eso primero terminé de preparar el kit piquiniquero-periodístico y después bajé. Y efectivamente, Kirchner se había muerto.

Después de ese momento podrían haber pasado dos cosas: o salir o vivir ese mundo de velorio y tristeza que te contaba que se estaba haciendo historia, que comparaba ese día con el de la muerte de Perón, que te sumía en la incertidumbre...

... ese día que se murió Kirchner yo sentí un chuchi en el alma. Pero no de los genes peronistas que heredé de todas mis ramas familiares, no, sino otro chuchi, de incertidumbre y un poco de bronca.

Qué sé yo...

Qué sé yo. Tenía chuchi y bronca.

Además pasaba eso, lo de los genes. De los genes que vienen en la sangre y de los que te criaron, como los de Estela o Juanjo o Rober o Ivone o Carlitos o Silvina o Edgardo y etcétera de la gente del Sindi. Por eso cuando me enteré de la muerte de Kirchner y de que Roberto no paraba de llorar, mandé a rastrear a mi abuela. ¡¡A ver si se nos moría!! Pero ella estaba peleándose en lo de una vecina, porque la otra no quería censarse por lo de la inseguridad. Y no, no se murió, aunque le advertimos que no se machaque mucho frente a la tele, a ver si se bajoneaba.

También lloraba mi papá, y mi mamá por teléfono casi. A mí no se me inmutaron más que algunas pieles de gallina, pero por lo de los genes, porque algunas cosas pasaban por mi cabeza, de Perón (como la primera palabra que mi abue quiso que diga), de los gorilas, de los K, etcétera. Porque de última, mi familia es bien peronista y le gusta la cosa peronista, y yo nací un poco así, entre varias muchedumbres pobres y de clase media, con los asados del tio Willy y el viva perón viva perón de la abuela de fondo y mi papá festejándola diciéndole que por festejar así la mejor parte de la comida era para ella.    

El día que se murió Kirchner yo salí. Escuché Extremoduro toda la mañana y bailé, un poco en silencio para no molestar a los dolores de los queridos. No fuí a la Florida, al final no, porque me colgué un poco con todo esto, pero sí me comí unas 9 de Oro frente al río, me tomé unos mates, y, mientras, pseudotrabajaba/ y charlaba/ de (des)/organizaciones/ (y hablaba en barritas como Gelman, con el chico que esa vez quiso acompañarme al parque)

Al rato, después de volver y escribir al son de un karaoke improvisado por mis vecinxs, volví al río con las pibas y Morita, que tuvo su primer censo y su primer chichón. Yo estaba contenta, pero pasaba eso, de no saber bien por qué me daba como una culpa de genes. Era como que algo me decía cheeee, no tenés que estar contenta. Y yo pensaba que cheeee, pero en realidad, ¿¿qué pasó??. Y entonces volvía a estar contenta. Era como una vuelta entre esa realidad y mi realidad.

El día que se murió Kirchner yo salí al río, y bailé, y estuve feliz. Por las noches también estuve girando, y también estaba todo bien. Mis inquietudes seguían intactas. Mis alegrías también.

Al otro día que se murió Kirchner tuve que trabajar. Está buena la redacción un día así, más cuando no "trabajamos", sino que armamos un piquiniqui periodístico con facturas y mates, frente a nuestra pantalla gigante y miramos eso que dicen que pasa (mientras pasan otras tantas cosas, pensaba...) y lo charlamos, y vemos cómo hay que ver todo lo que pasa, cómo lo publicamos, qué decimos, qué contamos. Me gusta la redacción del diario, más porque hay que reconstruir la realidad de la manera más justa posible. Justa para cada uno, eso sí. Pero ahora no viene al caso la tarea periodística. 

Después salí, y cuando llegué a casa el viejo seguía triste. El viejo, la vieja, Rober, Juanjo, Estela, los amigos, los abuelos, el tío. Ese día podría haberme quedado en casa, llorando con los que lamentan haber perdido el lider que marcó el camino. Ese día, por suerte, arranqué de nuevo y armé el mío propio.

Hoy, que ya hace dos días que se murió Kirchner, volví a sentir un chuchi. Cuando Sandra Russo (¡es tan linda y escribe tan bien!) lloró y cuando la señora pobre también lloró. Me acordé de mi abuelo mirando fútbol antes y después del kirchnerismo. El fútbol para mi abuelo es lo máximo, lo más lindo de las pocas cosas que puede hacer, y lo disfruta, la pasa bomba. Yo lo entiendo. Y me acordaba de que él antes sólo miraba las tribunas, porque no podía pagar el codificado. Y que después podía mirar todos, todos, los partidos gratis. Y pensaba en su alegría de viejo futbolero.

Pensé en eso y me dio un chuchi. Por los genes, y porque soy un poco maricona. Pero no lloré, no. Tampoco estuve triste. Solamente que me confundo por un instante. Después pienso en la Laura de antes y en la de después del día que se murió Kirchner. Y en los miedos, las alegrías, las tristezas. Y todo sigue igual sigue igual...

Una ¿lástima? nomás sentirme un rato ajena al mundo de los de todos los días a días.

lunes, 25 de octubre de 2010

A la mujer - Ricardo Flores Magón

Compañeras: la catástrofe está en marcha, airados los ojos, el rojo pelo al aire, nerviosas las manos prontas a llamar a las puertas de la patria. Esperémosla con serenidad. Ella, aunque trae en su seno la muerte, es anuncio de vida, es heraldo de esperanza. Destruirá y creará al mismo tiempo; derribará y construirá. Sus puños son los puños formidables del pueblo en rebelión. No trae rosas ni caricias: trae un hacha y una tea.
Interrumpiendo el milenario festin de los satisfechos, la sedición levanta la cabeza, y la frase de Baltasar se ha convertido con los tiempos en un puño crispado suspendido sobre la cabeza de las llamadas clases directoras.
La catástrofe está en marcha. Su tea producirá el incendio en que arderán el privilegio y la injusticia. Compañeras, no temáis la catástrofe. Vosotras constituís la mitad de la especie humana, y, lo que afecta a ésta, afecta a vosotras como parte integrante de la humanidad. Si el hombre es esclavo, vosotras lo sois también. La cadena no reconoce sexos; la infamia que avergüenza al hombre os infama de igual modo a vosotras. No podéis sustraeros a la vergüenza de la opresión: la misma garra que acogota al hombre os estrangula a vosotras.
Necesario es, pues, ser solidarios en la gran contienda por la libertad y la felicidad. ¿Sois madres? ¿Sois esposas? ¿Sois hermanas? ¿Sois hijas? Vuestro deber es ayudar al hombre; estar con él cuando vacila, para animarlo; volar a su lado cuando sufre para endulzar su pena y reir y cantar con él cuando el triunfo sonrie. ¿Que no entendéis de política? No es ésta una cuestión de política: es una cuestión de vida o muerte. La cadena del hombre es la vuestra ¡ay! y tal vez más pesada y más negra y más infamante es la vuestra. ¿Sois obrera? Por el solo hecho de ser mujer se os paga menos que al hombre y se os hace trabajar más; tenéis que sufrir las impertinencias del capataz o del amo, y si además sois bonita, los amos asediarán vuestra virtud, os cercarán, os estrecharán a que les deis vuestro corazón, y si flaqueais, os lo robarán con la misma cobardía con que os roban el producto de vuestro trabajo.
Bajo el imperio de la injusticia social en que se pudre la humanidad, la existencia de la mujer oscila en el campo mezquino de su destino, cuyas fronteras se pierden en la negrura de la fatiga y el hambre o en las tinieblas del matrimonio y la prostitución.
Es necesario estudiar, es preciso ver, es indispensable escudriñar página por página de ese sombrío libro que se llama la vida, agrio zarzal que desgarra las carnes del rebaño humano, para darse cuenta exacta de la participación de la mujer en el universal dolor.
El infortunio de la mujer es tan antiguo, que su origen se pierde en la penumbra de la leyenda. En la infancia de la humanidad se consideraba como una desgracia para la tribu el nacimiento de una niña. La mujer labraba la tierra, traía leña del bosque y agua del arroyo, cuidaba el ganado, ordeñaba las vacas y las cabras, construía la choza, hacía las telas para los vestidos, cocinaba la comida, cuidaba los eufermos y los niños. Los trabajos más sucios eran desempeñados por la mujer. Si se moría de fatiga un buey, la mujer ocupaba su lugar arrastrando el arado, y cuando la guerra estallaba entre dos tribus enemigas, la mujer cambiaba de dueño; pero continuaba, bajo el látigo del nuevo amo, desempeñando sus funciones de bestia de carga.
Más tarde, bajo la influencia de la civilización griega, la mujer subió un peldaño en la consideración de los hombres. Ya no era la bestia de carga del clan primitivo ni hacía la vida claustral de las sociedades del Oriente; su papel entonces fue el de productora de ciudadanos para la patria, si pertenecía a una familia libre, o de siervos para la gleba, si su condición era de ilota.
El cristianismo vino después a agravar la situación de la mujer con el desprecio a la carne. Los grandes padres de la Iglesia formularon los rayos de su cólera contra las gracias femeninas; y San Agustín, Santo Tomás y otros santos, ante cuyas imágenes se arrodillan ahora las pobres mujeres, llamaron a la mujer hija del demonio, vaso de impureza, y la condenaron a sufrir las torturas del infierno.
La condición de la mujer en este siglo varía según su categoría social; pero a pesar de la dulcificación de las costumbres, a pesar de los progresos de la filosofía, la mujer sigue subordinada al hombre por la tradición y por la ley. Eterna menor de edad, la ley la pone bajo la tutela del esposo; no puede votar ni ser votada, y para poder celebrar contratos civiles, forzoso es que cuente con bienes de fortuna.
En todos los tiempos la mujer ha sido considerada como un ser inferior al hombre, no sólo por la ley, sino también por la costumbre, y a ese erróneo e injusto concepto se debe el infortunio que sufre desde que la humanidad se diferenciaba apenas de la fauna primitiva por el uso del fuego y el hacha de sílex.
Humillada, menospreciada, atada con las fuertes ligaduras de la tradición al potro de una inferioridad irracional, familiarizada por el fraile con los negocios del cielo, pero totalmente ignorante de los problemas de la tierra, la mujer se encuentra de improviso envuelta en el torbellino de la actividad industrial que necesita brazos, brazos baratos sobre todo, para hacer frente a la competencia provocada por la voracidad de los príncipes del dinero y echa garra de ella, aprovechando la circunstancia de que no está educada como el hombre para la guerra industrial, no está organizada con las de su clase para luchar con sus hermanos los trabajadores contra la rapacidad del capital.
A esto se debe que la mujer, aun trabajando más que el hombre, gana menos, y que la miseria, y el maltrato y el desprecio son hoy, como lo fueron ayer, los frutos amargos que recoge por toda una existencia de sacrificio. El salario de la mujer es tan mezquino que con frecuencia tiene que prostituirse para poder sostener a los suyos cuando en el mercado matrimonial no encuentra un hombre que la haga su esposa, otra especie de prostitución sancionada por la ley y autorizada por un funcionario público, porque prostitución es y no otra cosa, el matrimonio, cuando la mujer se casa sin que intervenga para nada el amor, sino sólo el propósito de encontrar un hombre que la mantenga, esto es, vende su cuerpo por la comida, exactamente como lo practica la mujer perdida, siendo esto lo que ocurre en la mayoría de los matrimonios.
¿Y qué podría decirse del inmenso ejército de mujeres que no encuentran esposo? La carestía creciente de los articulos de primera necesidad, el abaratamiento cada vez más inquietante del precio del trabajo humano, como resultado del perfeccionamiento de la maquinaria, unido todo a las exigencias, cada vez más grandes, que crea el medio moderno, incapacitan al hombre económicamente a echar sobre sí una carga más: la manutención de una familia. La institución del servicio militar obligatorio que arranca del seno de la sociedad a un gran número de varones fuertes y jóvenes, merma también la oferta masculina en el mercado matrimonial. Las emigraciones de trabajadores, provocadas por diversos fenómenos económicos o políticos, acaban por reducir todavía más el número de hombres capacitados para contraer matrimonio. El alcoholismo, el juego y otros vicios y diversas enfermedades reducen aún más la cifra de los candidatos al matrimonio. Resulta de esto que el número de hombres aptos para contraer matrimonio es reducidísimo y que, como una consecuencia, el número de solteras sea alarmante, y como su situación es angustiosa, la prostitución engrosa cada vez más sus filas y la raza humana degenera por el envilecimiento del cuerpo y del espíritu.
Compañeras: este es el cuadro espantoso que ofrecen las modernas sociedades. Por este cuadro veís que hombres y mujeres sufren por igual la tiranía de un ambiente político y social que está en completo desacuerdo con los progresos de la civilización y las conquistas de la filosofia. En los momentos de angustia, dejad de elevar vuestros bellos ojos al cielo; ahi están aquéllos que más han contribuido a hacer de vosotras las eternas esclavas. El remedio está aquí, en la Tierra, y es la rebelión.
Haced que vuestros esposos, vuestros hermanos, vuestros padres, vuestros hijos y vuestros amigos tomen el fusil. A quien se niegue a empuñar un arma contra la opresión, escupidle el rostro.
La catástrofe está en marcha. Jiménez y Acayucan,Palomas, Viesca, Las Vacas y Valladolid son las primeras rachas de su aliento formidable. Paradoja trágica: la libertad, que es vida, se conquista repartiendo la muerte.

(De Regeneración, 24 de septiembre de 1910).

sábado, 16 de octubre de 2010

Al fondo de la red - Contrafarsa & Mauricio Ubal

esta es pura esencia de fútbol
la versión bersuitera no deja nada que desear .
qué lindo !!!