lunes, 28 de febrero de 2011

“Aunque está presa, igual se hizo libre con la palabra”

- Esta es una de las notas más lindas que me tocó hacer. Una de las personas más interesantes que conocí trabajando. Y una de las entrevistas que creo tiene más sentido haber hecho (por el significado que encierra, creo que el título - ¡gracias editor! - lo dice todo). 



Marta Díaz se levanta todos los días “re temprano como a las seis y media, siete”, y se toma unos mates dulces: “Las 24 horas tomo mate, por eso estoy re gorda”, explicó. Por la tarde, después de dormir la siesta, limpia algunas oficinas, y tipo seis se encuentra  con unas compañeras, con las únicas que se lleva bien. Marta tiene 48 años  y hace doce y siete meses que su casa es el Penal Nº 5, la Cárcel de Mujeres. También escribe: ya lleva dos libros de poesía editados, desde la cárcel, y por eso ha recibido premios en Buenos Aires. Además, su segunda obra, “Lejanía Necesaria”, fue declarada de interés cultural por la Cámara de Diputados de Santa Fe.  

“Antes de empezar los talleres, escribía en el pasillo, a la madrugada.  Tenía el mp3, escuchaba música, y escribía. Estoy llena de cuadernos, tengo más cajas de cuadernos que ropa en el ropero”, hace saber. Hace seis años, Marta se acercó al taller literario que daba Susana Valenti en el Penal Nº3 de Rosario. Pero sólo estuvo un año allí, porque después empezó a trabajar con el escritor rosarino Fabricio Simeoni, cursando su taller “Los lanzallamas”, en la Biblioteca Popular Gastón Gori. Ya con eso alcanzaba para ser un ejemplo: había conseguido que, bajo perpetua, la dejen ir todos los sábados a la biblioteca, a escribir. Pero no iba a llegar hasta ahí, porque la mujer que no sabía ni leer, ni escribir,  que no terminó la primaria y tampoco sabía lo que era estar en una comisaría, ya está preparando su tercer libro: Vivir desde adentro.

A Marta se la espera en un cuartito de la cárcel de la zona norte. Llegó un poco tarde a la cita con El Ciudadano. “Justo estaba haciendo un bizcochuelo, así que dije que bueno, que esperen diez o quince minutitos”, se disculpó. Más tarde contará que le encanta cocinar, que le prepara tortas y pizzas a todo el mundo, que a veces cuando está amasando se le ocurre algo, por eso lleva siempre una lapicera y un cuaderno encima. Habla tanto de las palabras, que es inevitable preguntarle qué le gusta leer. Y es asombroso: no lee, no le gusta leer, y se queja porque siempre le regalan libros. Tampoco le gusta estudiar, no ha terminado la primaria; y así de paradójico como suena, admite que le encantaría ser abogada.

El 19 de febrero pasado Marta estrenó su “transitoria”: ahora puede salir los sábados desde la mañana hasta la noche. Tiene, también, la posibilidad de buscar un trabajo afuera o de estudiar. Al término de la nota, dijo que todavía no le había contado la buena nueva a su profesor y amigo, Fabricio Simeoni. “Tengo que llamarlo y decirle, a él y a los chicos. Tenemos que festejar todos”, anuncia. Los chicos, sus compañeros del taller, van cada dos meses a visitarla al penal. También se acercan antes de las fiestas, o algún día, cualquier día: “Conocí a gente que viene los días domingos a encerrarse acá en la visita, con calor y todo, para verme a mí”. Así, cuenta que aprendió a valorar a la gente; y también a hablar, a expresarse. “Por eso siempre digo que se puede: el que se queda acá, es porque quiere”.

Ante todo, ella está contenta de poder leer y escribir. Se lleva muy mal con sus compañeras, “porque hay mucha pendejada”; salvo con dos: las que comparten con ella la celda. Una llegó al Penal hace un año, y tampoco sabía leer y escribir. Marta le fue enseñando: le leía las fotocopias de su causa y entonces ella a la noche memorizaba lo que le había leído. “Todas las noches le leía. Y así aprendió a defenderse. Estudió tanto eso, que descubrió que estaba mal condenada. Pudo hacerle juicio a su abogado y lo ganó. Yo no lo podía creer. Así vio lo bueno que es leer y escribir”, se sorprende.

Cuando Marta llegó al penal, tampoco sabía defenderse. “No sabía nada. Ni siquiera que había tanta sinvergüenzada cuando hay tanta plata de por medio. Yo no pude ni leer mi condena, ni conocer a mi abogada. Pero me hice cargo y acá estoy. Es duro caer en un lugar cuando no sabes nada, no entendÉs; y más cuando unos años después algunos te dicen que en realidad estás mal condenada”, dice. En un principio, la pena de Marta fue la perpetua, pero a los diez años de estar presa las cosas cambiaron y quedó con una condena de 25 años fijos.

Sabe muy bien que para poder defenderse, cualquier persona necesita poder expresarse, saber, entender. A ella le tocó aprender eso en la cárcel, viendo una importante cantidad de compañeras que caían porque firmaban cualquier cosa, porque no podían leer esos papeles que firmaban. Y ahora quiere que todos aprendan a defenderse. Así, por ejemplo, un miércoles por mes Marta va al Instituto de Rehabilitación del Adolescente de Rosario (IRAR) con Fabricio y enseñan a los chicos a escribir. 

    ¿Y qué tal los chicos?
     Ay, me encantan. Me dibujan, me regalan cosas, yo los re quiero un montón. A veces se ponen a contar que a mataron a uno, hicieron tal o cual cosa. Yo siempre trato de decirles que un error lo comete cualquiera.
    ¿Y sobre qué escriben?
    De estar ahí adentro, la oscuridad, el encierro. Entonces, ponele, trato de hacerles ver las cosas de otra manera, yo les digo que todos tenemos errores, pero tenemos que ser mejor para el día de mañana. Por ahí se culpan a ellos mismos, pero yo les digo que también hay que pensar en los padres, en todo eso. Ellos me escuchan mucho, prestan mucha atención. Tomamos mates, comemos bizcochuelo que yo les llevo, y después me hacen caso y se ponen a trabajar.
    ¿Y les gusta escribir?
    Sí, sí... algunos no saben escribir, otros más o menos, entonces yo les hago un dibujo y ellos le escriben algo encima.
    ¿Y a vos te parece que es una manera de tratar de ayudarlos?
     Sí. Lo que más me interesa son los chicos, son mi debilidad, trato de que no cometan más errores, aunque hayan hecho un montón. Yo le digo a Fabricio, que lo único que puedo hacer es hablarles, tratar de que salgan mejor a la calle.  A ellos les falta cariño, un montón de cosas. Yo los veo y son el reflejo de cuando yo caí, porque me faltaba todo eso. Y si yo pude llegar hasta aquí, quiero que ellos también. Ojalá pueda. El esfuerzo lo voy a hacer.
     ¿Cómo te tratan a vos por todo esto que haces?
     Acá es todo por igual. No hay mejor ni peor, todas por iguales. Yo no quiero dejar una huella y haber sido la mejor interna acá adentro, quiero ser yo mejor para que cuando cruce esa puerta pueda enseñarle a otros chicos, a mis nietos mismos, y decirles que hice esto, que ellos tienen que aprender aquello...
     ¿Y te gustaría empezar a estudiar algo?
     Sí, pero no me cierra la edad. Yo quisiera estudiar abogacía. Pero no, no, me faltaría mucho estudio. Nada relacionado a la escritura ni a la lectura.
    Pero si queres estudiar abogacía...
    ¡Ah sí, eso sí!
    ¿Y por qué?
    No sé, será porque mi causa fue tan fea, tan mal, un maneje a base de plata, mucha tranfugueada, mucha cosa. Yo quiero saber defender. No quiero que por haber estado presa solamente me quede lavar pisos. Si lo tengo que hacer, obvio que lo hago, pero también puedo hacer otra cosa. Y además puedo ayudar a otra gente. A mí me pasó que por no saber ni siquiera qué era declarar... bueno, ya está. Si yo lo pasé es obvio que quiero que otro no lo pase.
     Y entonces, volviendo al tema, ¿por qué se te ocurrió empezar el taller?
    Porque estaba esta coordinadora, Susana Valenti, que vino a ver si alguien se quería sumar al taller del penal 3 y yo dije que bueno, que sí. Y allí estuve un año. Pero a mí no me gustaba eso. No me gustaba eso de te doy una frase y de esa frase escribí algo, no, yo los poemas los hago cuando me salen a mí. No me gustaba ese sistema, es lo mismo que cuando Fabricio me da tarea, no se lo hago. Soy re caprichosa. Igual ya lo conozco y se que si no lo hago, se enoja un ratito y después está todo bien.
    ¿Qué les enseña Fabricio?
    De todo. Tenemos que escribir. Y después el las lee, se fija si falta una palabra, si sobra una palabra. Porque a veces si repetís tres veces una palabra fuiste, te hace hacer todo de vuelta. Es medio hincha pelotas, pero yo lo amo.
     ¿Cuántos son en el taller?
     Somos 30. Los chicos son amorosos.
    ¿Y cómo te llevas con ellos?
     Todo buenísimo. Somos todos de treinta para arriba, hay una señora de 60 años. Es muy lindo, a mí me re gusta todo eso. Él primer día pensé: “ir en un móvil, esposada, con una empleada (policía)”. Temblé todo el camino. Pero me recibieron re bien, tomé mates, como si me conocieran de hace mucho tiempo. Me quedé sorprendida. Siempre me esperan con mate, yo llevo tortas de acá. Es buenísimo. Contarlo es una cosa, ¡pero vivirlo! Al menos para mí, porque no sabía nada. Empezando porque al principio no sabía lo que era ni entrar a una  cárcel o convivir con tanta gente, nada, nada. Es duro este lugar, pero hay que tratar de hacerlo más llevadero. Por eso yo escribo, cocino, trabajo. Y también soy muy rebelde.
    ¿Sí? ¿Por qué?
     Porque hay cosas que no me gustan y entonces grito, grito, grito.  
    ¿Tus poemas de qué tratan?
     De todo. De acá adentro, de afuera. De amigos, de mi hija.
     ¿Qué piensan tu hijos de su madre escritora?
     Los veo re poco yo. Pero estaban muy contentos cuando saqué el libro. Yo les digo que cuando salga, lo de los libros se va a quedar un poco; y ellas me dicen que mejor me quede adentro, así sigo con los libros. Tuve la oportunidad de irme a hacer la transitoria a Venado Tuerto, porque soy de allá, pero no fui porque quiero seguir con el libro, acá hay mucha gente y muchas cosas para hacer.
     ¿Cuánto te queda de transitoria?
     Cuatro años. Pero los fines de semana puedo irme. Ahora son doce horas, pero dentro de unos meses van a ser 24, después 48, así. Igual siempre me han dado un montón de beneficios. Una vez fui a Córdoba a ver a mi hija y al cumpleaños de 15 de mi nieta; me dejaron ir dos veces a Buenos Aires. Siempre valoré mucho eso. Voy al taller y al IRAR. También tengo permiso para trabajar de lunes a viernes. Por eso digo, el que se estanca acá adentro es porque quiere.
     Hablando de eso, ¿Qué te gustaría hacer en cuestión trabajo?
     A mí me gustan mucho las cosas de cocina.
     ¿Dulce o salado?
     Las dos cosas. Hago torta, empanadas, pizza, canelones. Igual, si consigo un trabajo afuera, que sea de lo que sea. Es difícil salir de acá y conseguir un trabajo, pero bueno.
     ¿No te gustaría contar alguna experiencia, alguna anécdota? Hiciste tantas cosas…
     Cuando fuimos a Buenos Aires hicimos picnic en la ruta. Pusimos un mantel en el suelo, había de todo. A la vuelta comimos en un restaurante y estuvimos hasta las 4 de la mañana. Fue divertido. Los viajes con Fabricio y los chicos...          
    ¿A dónde fueron esa vez?
     A la feria del libro de La Rural. Era grandísima. Todos iban con celulares porque es tan grande que nos perdíamos. Yo no porque iba adelante de Fabricio, y el está en silla de rueda. Ahí hablamos y contamos del premio de la Editorial Dunken, pero le dije a él que hablara, yo no iba a subir. Me daba vergüenza. ¡Había tanta gente, y yo estoy presa! Decí que él lo dijo y no pasó nada. Cuando salí, la gente se quería sacar fotos, todos conocían a alguien preso. Así me quedé más tranquila. Me di cuenta de que no soy la única.
     Bueno, de paso, ¿cómo reacciona la gente cuando vos contas de tu condición?  ¿Alguna vez te trataron mal?
    ¡Nooo... nunca nadie me miró mal! Es como que no estoy acá. Y eso te ayuda a crecer más, y a seguir el camino que uno quiera. Mi hermano, cuando yo era chica, estuvo preso, y él siempre me decía que la gente esto, la gente lo otro. Yo ahora pienso que no es la gente, es uno mismo.


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martes, 22 de febrero de 2011

Era bien temprano por la mañana de hoy, cuando me di cuenta que anoche no me había tomado "la pasti" (o mal llamada pepa). Pensé mucho, entonces. ¿Por qué me había olvidado? ¿Qué había estado haciendo? Por la novela, claro. Y seguí pensando. "Estaría bueno subirlo al blog". Quería poner algo del tipo: "cambié el horario de la pasti para que no me interrumpa mientras miro la novela"; algo absolutamente verídico, que me pareció un absurdo de mi vida. 

Afortunadamente seguí pensando. Y me pregunté por qué (nos) interesa tanto ridiculizarse a uno mismo virtualmente. Es raro. Había pensado también en que mi profesora de francés me corrigió un texto y me puso "un texte chapeau!", y para mí chapeau era sombrero, y para el pequeño larousse también, y entonces no entendía. Pero era lo mismo eh. ¿Por qué tenía tantas ganas malditas de escribir cosas aparentemente-pero-no-bizarras de mi vida? A lo mejor porque me gusta hacerlo. A lo mejor porque me gusta hacerlo y me paso la semana escribiendo y tratando de no ponerme en el texto. Seguí pensando. Y llegué a la conclusión que estaría bueno contarme pero a través de las otras tantas historias que conozco. Porque eso sí: conozco mucha gente y muchas historias, y cada día más. 

A todo esto, me olvidé de aclarar que cuando la secuencia de pensamientos empezó, yo estaba en el baño. Para el momento en que terminó el párrafo anterior, ya estaba arreglándome frente al espejo. La remera jugaba, los pelos no estaban tan despeinados, un poco de delineador, ay qué linda, el anillo, y el arito de rendir. Miré el arito. Pensé en Estela. Si no me animaba a rendir, era una tarada. Siempre me da miedo rendir, pero desde que tengo ese aro es otra cosa. Volví a pensar en Estela. En los libros que me regaló, en las vacaciones juntas, en las comidas que preparaba en su casa. 


Estela  amiga de mi mamá desde su primer día de cursillos en la facultad. Vivieron juntas un tiempo, sino me equivoco, y es una persona que nunca conocí. O sea: siempre estuvo. No tuve que aprender quién era, ni ella, ni Juanjo, ni Roberto, ni Ivone.

De chica siempre me gustó ir a la casa de Estela porque, como yo, es una amante de la comida. Y preparaba de las mejores cosas; y además, es paciente. Entonces disfruta cocinar, y la comida termina no sólo saliendo bien, sino con verdadero amor y esmero. Por eso me re gustaba ir a la casa de ella. Ahora también. La última vez, me hizo unas verduras y cosas a la parrilla que estaban increíbles. Para mí y Sofía, y que nadie más se anime a tocarlas. Pero volviendo al pasado: me gustaba ir porque después de la cena siempre había un buen postre, y después jugábamos con Facundo, su hijo, y con Mauro, el hijo de Roberto e Ivone. Mauro me peleaba, pero un rato estábamos bien. Facu, en cambio, me re-protegía. Yo lo admiraba, porque dibujaba, y lo sigue haciendo, tan, tan bien. Además él era más grande, y gracioso, y era ... para mí, él era como ese héroe que una se va agarrando y apropiando. 

Pensaba en Estela, y entonces en Juanjo, en Roberto, en Ivone. En la familia, digamos, en la que se elige.  Pensaba en cuando Estela fue a mis 15, y con Juanjo y Facu me regalaron "Ensayo sobre la lucidez", y Facu lo dibujó, y entre los tres me dijeron: "para la que nació con nombre de escritora". Me acuerdo de Estela en los 50 de mi viejo, cuando le decíamos la difunta correa porque estaba rodeada de botellas de vino; y de Estela en sus 50, cuando llevó a Facu y sus amigos y los hizo tocar toda la noche las canciones que ella sólo quería, para malcriarla. Esa noche, yo llegué más tarde, me acuerdo, y me abrazó y me dijo, por primera vez: "¡Al fin llegó mi sobrina!". 

Yo seguía pensando frente al espejo. A lo mejor no, a lo mejor estaba repasando (entre comillas) para el examen, o capaz estaba en los pasillos de la facultad matando ansiedad. Pero como de vez en cuando me controlaba el arito (no puedo perderlo bajo ninguna circunstancia), pensaba en Estela. Y en que esa podría ser una de esas historias sobre mí pero a través de otra persona. 

De las amigas de mi vieja es la más supersticiosa. Hace unos días estábamos cenando todos y ella le decía a mi mamá que como había empezado el año del no sé qué chino tenía que cambiar 27 cosas de lugar de la casa, y etcétera de cosas que me olvidé. Le gusta la onda oriental, pero nunca aguanta, porque la onda oriental no va con su pasión por la comida, bien latinoamericana y chancha. Ella sabe que a mí también me gustan esas cosas, por eso me recomendó hacer yoga con Raquel; y por eso me mandó un mensaje hace un rato, cuando le conté que me fue bien en el examen: "somos una buena combinación escorpiana. El arito es protección". 

Entre otras cosas, sabe también que yo tengo muchos problemas para rendir, que me pongo mal y me agarra el terror escénico. Y sabe que hay momentos en los que me gusta estar, y abrazarla. Como en la época de los paros de La Capital, que me llevó a tomar un café en plena resolución. Y me contaba, y me contagiaba las ganas de pelear. También como el día que declaró en los juicios contra los genocidas, el día que yo rendía lenguajes II y me tuve que ir porque casi me moría del pánico. Y me tuve que ir a mi casa, o sea, a la puerta de los tribunales, donde me encontré con todos, con Juanma, el medio hermano de Facu, y con los amigos de Facu que habían tocado aquella noche, con mi viejo, con Mauro, con el otro Mauro, y con Ciro, que me escuchó los lamentos, las decepciones, me regaló bizcochitos y me dio muchos mates. Siempre las compañías llegan cuando una más la necesitan, y jamás te olvidas. 

Esa tarde esperamos mucho. Llegué a saludarla a Estela antes de que entre a declarar, yo, por suerte, no quise ir. La abracé a mi mamá, a Sofi, a Facu, que allí atrás iban. Y me volví a quedar con Ciro, a esperar. Un montón. Y después por suerte seguía Ciro, para abrazarme y bancarme las lágrimas de cuando Estela salió, de cuando fue tan difícil verla después de su testimonio. Y nos volvimos a abrazar. Con Facu. Con Sofi. Con mi mamá. Y finalmente con mi tía, que me decía gracias, gracias, gracias... 

A los pocos días, unos días después de ese martes de diciembre; creo que el mismo día que Serrat la llamó a mi tía Estela para agradecerle por haber tenido, en aquellos tiempos, su canción Para la libertad como bandera de lucha; bueno, ese día, Estela me regaló un aro. El que se había comprado para la suerte, para las fuerzas del día que declaró. El otro del par lo perdió entre los abrazos. También tenía una pulsera, que le regaló a Sofía. "Por ser las hijas que no tuvo". Estela siempre quiso tener, después de Facu, a una nena. Pero las circunstancias de la vida nomás le dieron a Sofi y a mí. 

A partir de ese día, siempre que tengo miedo, o que pienso que voy a tenerlo, o simplemente me falta valor, y me paraliza lo que puede llegar a venir, me pongo el arito de Estela y pienso: si no puedo, soy re-pava. Y entonces, se me va el dolor de panza tortuoso, o las ganas de llorar, o lo que sea. Y me lleva una ola de valor gigante, me siento súper enérgica, súper capaz; y ante todo soy, soy, soy... 

Pensé. Todo eso pensé, y después rendí. Y rendí bien. Y me la encontré a Silvina (ver entrada anterior), que me dijo "Ay Laura, estamos todos chochos, los chicos, la familia, los amigos. ¡Sos famosa!"

Después fui a lo de mi amiga Peyi, tomé mates, ella me preparó bizcochos con dulces del sur, yo le regalé galletitas sin animal. 

Después se largó a llover. Guardé el aro en la mochila, por las dudas, y empecé a volver a casa. Atardecía, pero llovía mucho, y el sol no se veía.
En 27 de febrero y Laprida me puse contenta.
Queda linda la mezcla de lluvia torrencial, atardecer nublado y  luces de la ciudad. Y se siente lindo ese aire, y el agua, cayendo - y pegándose- a todo el cuerpo.  

Precoces García Márques que escriben en Rosario

(hoy, mientras mi profesora me devolvía el final, me encontré a la madre de los chicos. me hizo quedar re bien. 
tengo ganas de volver a la casa de esos niños, el día que fui llovía como hoy. y me prepararon una merienda re linda) 




Felipe y Tomás tienen 9 y 12 años. Una sola letra diferencia su apellido del de Gabo; la pasión es la misma.



“Cuando me preguntan yo les digo: ¿qué tiene que ver él, que es colombiano, conmigo, que soy rosarino? ¡Nada que ver!”. Tomás García Márques tiene doce años y ganó una mención en el Concurso Municipal Infantil de Cuentos, a fines de 2010, por haber escrito “Un crimen de locos”. Su hermano Felipe, que el pasado 2 de enero cumplió nueve años, salió sexto por su cuento “La isla piratea”, siendo uno de los ganadores de una netbook. La similitud de su profesión y apellido con el reconocido escritor Gabriel García Márquez es llamativa, haciendo inevitable sonreír ante la coincidencia y preguntarles si suelen recibir comentarios o chistes sobre el apellido. “Siempre”, contesta Felipe. “Siempre quieren saber”, completa Tomás.
Ninguno de los dos juega a ser familiar de Gabo, el escritor colombiano; dan a entender que no lo necesitan: “Tenemos un tío que es escritor, Gustavo Boschetti se llama”, explica Tomás, con orgullo, mientras su hermanito sonríe y ambos señalan un libro de él que está sobre la mesa. Junto a su mamá, Silvina; su abuela, su hermanita Martina de cinco años y un amigo, Franco, que justo estaba jugando en la casa de los chicos, Felipe y Tomás contaron sus historias, las que ganaron y las que hacen a sus ganas de escribir. 
El tío escritor, una de ellas. También la biblioteca que hay en la entrada de su casa, los cuadros, las guitarras, los padres lectores. “Están en un ámbito cómodo para el libro”, explica su mamá, entre mates y mates.


Según cuenta Silvina, desde chicos escriben y leen, aunque sea “con la imaginación”. Felipe, por ejemplo, solía hacer cómics de guerreros y guerreras, y Martina, que está por arrancar el primer grado, dibujó en estas vacaciones su primer cuento: “La reina y el espejo mágico”. La más chica de los hermanos “García Márques” es tímida frente al grabador (sólo frente al grabador, contaría más tarde su mamá) y no revela ningún detalle de la historia. 
Tomás, por otro lado, ha ilustrado una serie de pequeños relatos de su tío. 


Antes de irse a dormir, los tres leen: Tomás, misterio; Felipe, sobre aventuras, monstruos o dragones, y ya está en una edad en que le pasa a Martina, para que “lea con la imaginación”, lo que él ya dejó de leer. Al ser esta la realidad que hace a los chicos, “el concurso fue por el placer por escribir, si ganaban la netbook todo bien, y si no también. Lo importante era que se habían sentado a escribir, a disfrutar de la escritura y la lectura, un hábito al que ya están acostumbrados”, resalta su mamá.


Siendo que uno vive bombardeado de televisión y convencido de que los chicos ya no leen, ya no escriben, ellos forman parte de ese grupo, seguramente más grande de lo que se piensa, de niños que rompen con todo ese imaginario colectivo. Tienen una historia y un presente que los hace lectores, escritores, artistas, más allá del apellido que tienen: ser un pequeño “García Márques” termina resultando anecdótico.
El concurso que acaban de ganar, Felipe entre los diez primeros, Tomás número 54 llevándose una merecida mención, convocaba a chicos a escribir cuentos, narraciones o relatos breves, de los cuales se seleccionaron diez que serán publicados en la primera colección de cuento infantil de la Editorial Municipal de Rosario. Y entonces, ¿de qué tratan las historias narradas por los chicos?
— (Felipe) Mi cuento se trata de una isla que en vez de estar pegada al suelo flotaba, y que cuando se pinchaba la arreglaban poniéndole una capa de papel, o algo así.
— ¿Y hay algún personaje principal?
—Sí, se llama Marco Steve.
—(Tomás) El mío, al llamarse “Un crimen de locos”, supondría que es de misterio pero es más un estilo (Roberto) Fontanarrosa, más gracioso. Se trata de una banda mafiosa, que roba toda la plata y diamantes a un adulto mayor, y que el próximo robo que iban a hacer era el de la piedra principal del Monumento a la Bandera, aunque la piedra que buscaban era una que estaba escondida adentro de la que se ve ahí. Y al final los terminan atrapando, y bueno…
—¿Y cómo se enteraron del concurso, y decidieron entrar?
—(Tomás) Me parece, porque no me acuerdo bien, que habían pegado como panfletos en las paredes de todas las cuadras, y entonces mi abuela vio uno y la llamó a mi mamá; y nos preguntaron y dijimos que sí. Y nos enganchamos. Cada uno hizo una parte y nos olvidamos de seguir haciéndolo. Y el último día, a último momento, lo terminamos los dos.
— ¿Y se imaginaban que iban a ganar?
—(Felipe) No, yo no.
—(Tomás) Cuando me dijeron que eran 600 chicos, yo pensé que no.
—Entonces, ¿cómo fue que se enteraron de que ganaron?
—(Felipe) Un día que estaba enfermo. Estaba en la cama de mi mamá, y viene mi papá y me cuenta.
—(Tomás) Sí, yo estaba acá. Primero llamaron para avisarle al Feli que había salido sexto, y después volvieron a llamar para decirme a mí. Y después nos mandaron correos electrónicos.
—¿Ya hablaste con la ilustradora? ¿La conocés?
— (Felipe) No, no hablé. Un señor nos contó quién iba a ser la ilustradora (Laura Ruggeri), y entonces mi mamá dijo: “¡Yo a ella la conozco!” Y es que era la censista que había venido a casa.
—(Tomás) Aparte ella nos conoció a nosotros porque cuando vino todos bajamos a atenderla y no sabíamos si ella nos hacía el censo a nosotros o nosotros a ella.
— Para después del concurso, ¿tienen pensado seguir escribiendo?
—(Felipe) Yo sí. Ahora en la netbook que me dieron estoy escribiendo un cuento sobre misterio.
— (Tomás) Yo estoy pensando uno, no lo escribí todavía. Es sobre fútbol, pero no sobre patear y todo eso, sino una historia tipo Fontanarrosa. Me encanta Fontanarrosa.
—¿Y a vos Felipe qué te gusta leer?
—Como lo que escribo. De aventura. Que pasen cosas raras.
—¿Algún cuento que te acuerdes ahora?
—(Felipe) “El loco Cansino” de Fontanarrosa, es de fútbol.
—(Tomás) Me lo habían dado en la escuela a mí, y me lo leí rápido, y se lo di a él para que lo lea.
—Una duda, a ver si nos contás. ¿Por qué tu cuento se llama “La isla piratea”?
—(Felipe) Y, porque es una isla que iba a ser destruida y los piratas la salvaron.
—(Tomás) Mi interpretación es que no es una isla donde viven piratas, es una isla que piratea, que flota, que es como un barco…
Los tres chicos hacen su escuela primaría en la Escuela de Educación Media Nº 411, la “Gurruchaga”. Para la madre, el establecimiento cumple un papel esencial en el placer que muestran sus chicos por las letras: “uno elige una escuela y elige un modelo”. Allí, por ejemplo, recibieron clases de periodismo y de teatro, y hasta sucedió que Tomás leyó un cuento a los más chicos de la escuela.
— ¿Y cuál es su materia favorita?
—(Felipe) La mía huerta. Ahí aprendí a sembrar tomates, lechugas. Los que más rico me salieron fueron los tomatitos, los cherry.
—(Tomás) Yo prefiero matemática, pero todos me dicen que soy buenísimo en lengua. Igual ahora voy a ver, porque me cambie de escuela al Normal 1, y voy a ver si sigo idiomas o algo así.
— ¿Y de grande? ¿Qué les gustaría hacer?
—(Tomás) A mí me gustaría probarme para jugar al fútbol, me voy a probar a Central o a Newell’s. Nosotros somos de River pero no nos vamos a ir a jugar allá lejos… Y si no me gustaría dedicarme a todo lo que es Arquitectura.
— (Felipe) Yo quiero tener una huerta propia. Acá tenemos ese jardincito (señala el balcón, y se ríe). Antes quería ser maestro de huerta pero ahora ya no, ahora quiero tener una nomás.
Hace pocos días que volvieron de sus vacaciones en Valeria del Mar. Aprovechando el tiempo libre, Tomás quiere aprender a tocar la guitarra. “Yo soy del rock pesado”, cuenta. “Me gusta Iron Maiden o AC/DC”.
A Felipe, por otro lado, le gusta “de todo”. Antes era del reggaeton, ahora “del rock no tan pesado”, según cuenta su hermano. “Escucha los Rolling, o Gun’s and Roses, que no son tan pesados como los gritos de Iron Maiden”. Otra de sus canciones favoritas es la de León Giego, “El ángel de la bicicleta”. Los chicos cuentan eso mientras toman un poco de coca cola, y la abuela ceba unos mates a los más grandes ahí presentes. Franco, el amigo, los espera sentado.
Ellos hablan mucho, hacen solos la nota, y después se van corriendo a jugar. Desaparecen enseguida. Volverían al rato, para despedirse.
— ¿Algún libro que les gustaría recomendar a alguien que lea esta nota?
—(Tomás) Los de Fontanarrosa, que son todos de Ediciones de la Flor: “Puro Fútbol”, “Una lección de vida”, y “La mesa de los galanes”. O si no “Harry Potter 4”, es el mejor que hay.
—(Felipe) Yo no sé porque recién estoy empezando a leer…
—Bueno, entonces para alguien más chico que vos, alguno que te haya gustado, o alguno para quien recién esté empezando a leer también…
—(Felipe) ¡Ah sí! “La doctora chispeta y sus fórmulas secretas”.

lunes, 21 de febrero de 2011




L’insurgé, son vrai nom, c’est l’Homme, 
Qui n’est plus la bête de somme
Qui n’obéit qu’à la raison
Et qui marche avec confiance
Car le soleil de la science
Se lève rouge à l’horizon.



On peut le voir en barricades
Descendr’ avec les camarades,
Riant, blaguant, risquant sa peau.
Et sa prunelle décidée
S’allum’ aux splendeurs de l’idée,
Aux reflets pourprés du drapeau.



Devant toi, misère sauvage,
Devant toi, pesant esclavage,
L’insurgé se dresse
Le fusil chargé.



En combattant pour la Commune,
Il savait que la terre est une,
Qu'on ne doit pas la diviser.
Que la nature est une source
Et le capital une bourse
Où tous ont le droit de puiser.



Il revendique la machine,
Et ne veut plus courber l'échine
Sous la vapeur en action.
Puisque l'exploiteur à main rude
Fait l'instrument de servitude
Un outil de rédemption.



Devant toi, misère sauvage,
Devant toi, pesant esclavage,
L’insurgé se dresse
Le fusil chargé.




Contre la classe patronale,
Il fait la guerre sociale
Dont on ne verra pas la fin
Tant qu'un seul pourra, sur la sphère
Devenir sans rien faire
Tant qu'un travailleur aura faim !

A la bourgeoisie écoeurante
Il ne veut plus payer de rente
Combien de milliards tous les ans ?
C'est sur vous, c'est sur votre viande
Qu'on dépèce un tel dividende
Ouvriers, mineurs, paysans.

Devant toi, misère sauvage,
Devant toi, pesant esclavage,
L’insurgé se dresse
Le fusil chargé.









sábado, 19 de febrero de 2011

palabreríos - número cinq

Movimientos descontrolados, me desprendo de mi
y nazco yo.
Frente al mundo sólo me visto con la mirada,
mis ojos miran
pero no ven.
Así como mi alma que siente y no cree, 
quiero volver al cuerpo que dejé.
Pero no puedo, no me lo permiten:
Órdenes mías que decidí aceptar.
Sonrisas y carcajadas.
Y vuelvo a despedazarme en mil partes y a bailar.
A gritar. A sentir y creer. 
Tratar de creer. 
Las órdenes se liberan, me liberan y me lanzo al viento.
¿Qué estaré haciendo en el mundo?
Siento que cada energía, que cada parte de mi se va.
Se escapa. Es libre.
Y yo continúo despedazada, 
continúo bailando, 
continúo desapareciendo cada vez que me dan más libertad, 
cada vez que me alejo de mi cuerpo,
que lo dejo con la música, con el mundo, con la vida, con la elección de ser o no ser.















miércoles, 16 de febrero de 2011

Uno escribe en el viento


***


Que por qué, que hasta cuándo, que si voy a dormir noventa meses,
que moriré sin obra, que el mar se habrá perdido.
Pero yo soy el mar, y no me llamo arruga
ni volumen de nada.


Crezco y crezco en el árbol que va a volar. No hay libro
para escribir el sol. ¿Y la sangre? Trabajo
será que me encuadernen el animal. Poeta
de un tiro: justiciero.

Me acuerdo, tú te acuerdas, todos nos acordamos
de la galaxia ciega desde donde vinimos
con esta luz tan pobre a ver el mundo.
Vinimos, y eso es todo.


Tanto para eso, madre, pero entramos llorando,
pero entramos llorando al laberinto
como si nos cortaran el origen. Después
el carácter, la guerra.

El ojo no podría ver el sol
si él mismo no lo fuera. Cosmonautas, avisen
si es verdad esa estrella, o es también escritura
de la farsa.


Uno escribe en el viento: ¿para qué las palabras?
Árbol, árbol oscuro. El mar arroja lejos
los pescados muertos. Que lean a los otros.
A mí con mis raíces.


Con mi pueblo de pobres. Me imagino a mi padre
colgado de mis pies y a mi abuelo colgado
de los pies de mi padre. Porque el minero es uno,
y además venceremos.

Venceremos. El mundo se hace con sangre. Iremos
con las tablas al hombro. Y el fusil. Una casa
para América hermosa. Una casa, una casa.
Todos somos obreros.


América es la casa: ¿dónde la nebulosa?
Me doy vueltas y vueltas en mi viejo individuo
para nacer. Ni estrella ni madre que me alumbre
lúgubremente solo.


Mortal, mortuorio río. Pasa y pasa el color,
sangra y sangra mi pueblo, corre y corre el sentido.
Pero el dinero pudre con su peste las aguas.
Cambiar, cambiar el mundo.

O dormir en el átomo que hará saltar el aire en cien mil víboras
cráter de las ciudades bellamente viciosas.
Cementerio volante: ¿dónde la realidad?
Hubo una vez un niño.


Gonzalo Rojas

(De Contra la muerte; 1964)







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